La mujer adultera.

 

Jerusalén exhalaba el aroma de las últimas hogueras de la Fiesta de los Tabernáculos, mezclado con el olor a pan ázimo y hierbas amargas que aún persistía en las callejuelas. En una casa humilde del barrio del Ofel, cuyos muros de piedra caliza se apiñaban contra el muro sur del Templo como si buscaran protección, una mujer —cuyo nombre las Escrituras ocultan por misericordia, pero cuyo rostro Dios no olvidaría— se revolvía en su lecho de lana áspera. Su esposo, un tejedor de modestos recursos, había partido días atrás hacia Decápolis para vender sus telas teñidas de púrpura, dejando el hogar sumido en un silencio que ahora pesaba como losa.

El barrio era un lugar de miradas estrechas y murmuraciones rápidas. Las viviendas, agrupadas como rebaño bajo el calor, permitían que los sonidos de una casa se filtraran a otra: risas, discusiones, llantos. Todos lo sabían. Todos callaban. Todos juzgaban.

Un golpe en la puerta, tan suave que casi se confundió con el roce de las hojas de palma arrastradas por el viento nocturno. Era él: el mercader de especias —canela de Arabia, mirra de Petra— cuyo nombre tampoco quedaría registrado, como si la historia se compadeciera de los cómplices del pecado. Sus visitas, antes pretextadas en deudas o encargos, esa noche derramaron palabras melosas como miel en el oído de la mujer. y antes del amanecer, el pecado se consumó entre sombras.

Mientras tanto, en el atrio de los Israelitas, donde el oro del Templo brillaba bajo las antorchas, tres fariseos —doctores de la Ley con tzitzit impecables y barbas untadas de aceite— conspiraban entre las columnas. El más joven, un tal Eleazar ben Ananías (nombre que la tradición sugiere), apretaba en su puño una piedra lisa, pulida por el río Cedrón.

— «Si la sorprendemos in fraganti, ese Jesús de Galilea no podrá escapar. Si absuelve, viola la Ley. Si condena, pierde su fama de misericordia», susurró, mientras sus ojos escudriñaban las sombras como halcones.

Uno de ellos, un anciano de voz cascada, añadió:
— «Y si vacila… Roma no tolera que judíos ejecuten penas capitales. Caerá por su propia espada».

El tercero, un hombre de mirada fría que enseñaba en la yeshivá de Gamaliel, solo asintió. Había visto al mercader entrar. Sabía que el adulterio era solo la carnada; la trampa era para el Rabí que perdonaba pecados.

El alba aún no despuntaba cuando irrumpieron. No llamaron. Derribaron la puerta con hombros endurecidos por años de ayuno, y la escena que encontraron fue exactamente la que esperaban: ropas desordenadas, miradas culpables, el olor a incienso y culpa flotando en el aire.

El mercader, ágil como gato, saltó por la ventana trasera, dejando tras de sí solo un manto de lino egipcio. La mujer, apenas cubierta por su simlá rasgada, intentó huir, pero los fariseos la agarraron del cabello —tan largo que en otro tiempo habría sido su orgullo— y la arrastraron fuera.

— «¡Mira la ramera! ¡La que profana el lecho ajeno!» —rugió uno de los hombres, mientras el viento del valle le azotaba el rostro.

La llevaron descalza por el Valle del Tyropoeón, donde los escombros de la ciudad de David cortaban sus pies. El sol naciente teñía de sangre las piedras del camino, y los vendedores de aceitunas y lana apartaban la vista, no por pudor, sino para no ser contaminados. Algunos, sin embargo, sonreían. La hipocresía era un arte en Jerusalén.

Jesús enseñaba junto al Tesoro del Templo, donde las trompetas de plata recibían las ofrendas de los ricos. Sus palabras —«Bienaventurados los misericordiosos…»— se cortaron cuando la turba llegó.

La mujer cayó de rodillas ante Él, polvo y lágrimas mezclándose en su rostro. Los fariseos, con sonrisas de triunfo, escupieron su acusación:

— «Maestro, esta mujer fue sorprendida in fraganti. Moisés ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?» (Juan 8:4-5).

El silencio fue un abismo. Jesús no miró a la mujer. No miró a los fariseos. Se inclinó y, con el dedo, escribió en el polvo del suelo.

¿Qué escribió? Tertuliano sugirió que eran los pecados secretos de los acusadores: «adulterio… codicia… idolatría…»Jerónimo creyó que anotaba Jeremías 17:13«Los que se apartan de mí serán escritos en el polvo». Otros imaginan que simplemente dibujaba líneas, como quien espera que la conciencia haga su trabajo.

Cuando insistieron, Jesús se irguió. Su voz no alzó el tono, pero resonó como trueno en el Santo de los Santos:

— «El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra» (Juan 8:7).

Y volvió a agacharse.

Uno a uno, las piedras cayeron al suelo. Los primeros en irse fueron los ancianos —quienes, habiendo vivido más, tenían más que esconder—. El último fue Eleazar, cuya mano tembló antes de dejar caer su piedra lisa, ahora manchada de sudor.

Al final, solo quedaron Jesús y la mujer. Él se enderezó, y por primera vez, la miró. No con la lujuria del mercader, ni con el desprecio de los fariseos, sino con una mirada que veía el alma:

— «Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te condenó?».

Ella, temblando, apenas atinó a murmurar:
— «Ninguno, Señor».

Entonces vino la sentencia que partiría en dos la historia de la redención:
— *«*Tampoco yo te condeno. Ve, y desde hoy, no peques más» (Juan 8:11).

No era un «está bien», sino un «levántate». El mismo poder que resucitaría a Lázaro le daba ahora fuerza para caminar.

La mujer salió del atrio, pasando junto a los corderos atados para el sacrificio. Por primera vez en años, sintió que su pecado no era más grande que la misericordia.

Los fariseos, derrotados, murmuraron: «¿Quién es este que hasta perdona pecados?» (Lucas 7:49). Pero los discípulos entendieron: la gracia no ignora la Ley; la cumple (Mateo 5:17).

Y en el polvo del Templo, las palabras escritas por el dedo de Dios se las llevó el viento.

Autor: JOG

  1. Contexto histórico: Se profundiza en el escenario de la Fiesta de los Tabernáculos y la tensión entre la Ley y Roma.
  2. Psicología de los personajes: Motivos de los fariseos (trampa legal), el mercader (cobardía), y la mujer (su transformación).
  3. Simbolismo: Piedras lisas (premeditación), polvo (fragilidad humana), corderos (Cordero de Dios).
  4. Teología: Jesús no anula la Ley; muestra su cumplimiento pleno en la misericordia.
  5. Tertuliano (c. 155–220 d.C.) fue un escritor, teólogo y apologista cristiano del siglo II/III, considerado uno de los padres fundadores de la Iglesia latina y una de las figuras más influyentes del cristianismo primitivo. Nacido en Cartago (actual Túnez), en el norte de África, es conocido por su estilo literario apasionado, su defensa feroz del cristianismo y su rol en el desarrollo de la teología occidental.
  6. San Jerónimo (c. 347–420 d.C.) San Jerónimo (Eusebio Sofronio Jerónimo) es una de las figuras más importantes del cristianismo antiguo, conocido principalmente por su traducción al latín de la Biblia: la Vulgata, que se convirtió en el texto sagrado oficial de la Iglesia católica durante siglos.

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