Cuatro hombres llevan un paralítico a Jesús.
Capernaúm olía a pescado seco y humedad del lago. Era un
día caluroso, y el polvo se pegaba a las túnicas de la multitud que se apiñaba
en la casa de piedra donde Jesús enseñaba. Fariseos y doctores de la Ley,
venidos de todas las aldeas de Galilea, ocupaban los mejores
asientos. Sus rostros estaban tensos: habían oído de los milagros en Caná y
ahora vigilaban cada palabra del Rabí.
Afuera, un paralítico había estado así durante muchos
años, incapaz de caminar, postrado en una cama rudimentaria. Tal vez era joven
cuando ocurrió el accidente o la enfermedad que lo dejó paralítico, o quizás
nació con esa condición. En cualquier caso, su vida había sido una lucha
constante. No podía moverse ni trabajar, dependiendo por completo de otras
personas para sus necesidades básicas. Cada día, veía cómo los demás seguían
adelante con sus vidas, mientras él permanecía atrapado en su propio cuerpo.
Lo que el hombre sí tenía, sin embargo, eran amigos
leales, cuatro hombres —cuyos nombres el Evangelio calla. Estos amigos no solo
se preocupaban por él, sino que lo amaban lo suficiente como para nunca perder
la esperanza de que pudiera ser sanado algún día. Cuando escucharon hablar de
Jesús, el famoso maestro y sanador que recorría la región, sus corazones se
llenaron de una nueva esperanza. Sabían que esta era la oportunidad que habían
estado esperando.
Imaginemos el diálogo entre ellos, mientras hacían planes
para llevar a su amigo a ver a Jesús. Sabían que sería difícil. Jesús atraía
multitudes, y el hombre no podía caminar; tendrían que cargarlo todo el camino,
y la distancia quizás no era corta. Sin embargo, estaban decididos. Tal vez se
miraron a los ojos con determinación y dijeron: "Lo llevaremos, no importa
lo que tengamos que hacer".
Prepararon una especie de camilla, probablemente una
manta resistente o alguna estructura de madera ligera que pudieran llevar entre
varios. Levantaron a su amigo paralítico con cuidado y empezaron el viaje hacia
la casa donde habían escuchado que Jesús estaría enseñando. El camino no fue
fácil; debieron sortear calles polvorientas y empinadas, y aunque el peso de su
amigo no era excesivo, cargar a un hombre entre cuatro requería esfuerzo y
coordinación — sudaban bajo el peso de la camilla. Sobre ella yacía el
paralítico, sus ojos brillando con una mezcla de vergüenza y esperanza.
Cuando finalmente llegaron a la casa donde Jesús estaba, en
la ciudad de Capernaúm, se encontraron con un problema mayor de lo que
esperaban. La casa estaba abarrotada de gente. No solo dentro, sino fuera
también, donde la multitud se apretujaba intentando escuchar las enseñanzas de
Jesús. Desde fuera, podían ver a personas asomadas en las ventanas, y la puerta
estaba bloqueada por personas que no querían perderse una palabra de lo que
decía el Maestro.
Los amigos, ya exhaustos de llevar a su amigo todo el
trayecto, no se dieron por vencidos. Imaginemos el momento en que se miran
entre sí, buscando alguna solución. Entrar por la puerta era imposible. Tal vez
alguien sugirió esperar hasta que terminara la multitud, pero otro, más
decidido, dijo: "No, debe ser ahora. No podemos esperar". Tenían que
actuar rápido, así que surgió una idea radical: subir al techo.
— "¡Por aquí!" —murmuró uno,
señalando el techo plano de la casa, hecho de vigas, ramas entrelazadas y barro
seco.
En las casas de esa época, los techos solían ser planos,
construidos con materiales como barro, paja y tejas que se podían quitar y
volver a poner con relativa facilidad. Había escaleras o rampas en el exterior
que conducían al techo.
Los amigos subieron al techo, comenzaron a trabajar para
abrir un hueco lo suficientemente grande como para bajar a su amigo justo
delante de Jesús. Imaginemos el polvo cayendo dentro de la casa, primero en
pequeñas cantidades, y luego en montones de barro y paja mientras los amigos
rompían el techo. Las manos callosas de sus amigos se convirtieron en
herramientas. Las personas dentro de la casa probablemente miraron hacia
arriba, sorprendidas y confundidas por lo que estaba sucediendo. Los amigos rasparon
la capa de barro, partieron las ramas, y la luz del mediodía entró abruptamente
en la habitación donde Jesús hablaba. Trozos de yeso cayeron sobre los
fariseos, que tosieron y se sacudieron las túnicas manchadas. ¿Quiénes eran
estos hombres que se atrevían a romper el techo en medio de la enseñanza de
Jesús?
Enseguida, los amigos, con cuidado y esfuerzo y con
cuerdas atadas a las esquinas de la camilla, comenzaron a subir al enfermo hasta
el techo. Probablemente el proceso fue lento y peligroso; si algo salía mal,
podrían haber lastimado aún más a su amigo. Pero lo hicieron con paciencia,
sabiendo que estaban a punto de darle la oportunidad de su vida. El paralítico
apretaba los dientes para no gritar: cada movimiento le recordaba los treinta
y ocho años que llevaba sin sentir sus piernas.
El hombre, acostado en su lecho, bajó lentamente,
sintiendo quizás una mezcla de ansiedad y emoción. Sabía que estaba a punto de
estar frente a Jesús, el único que podía sanarlo. Los murmullos en la casa
habrían aumentado. Toda la multitud estaba atónita, esperando ver qué haría
Jesús ante esta interrupción tan inusual.
Jesús vio su fe (Lucas 5:20) antes que
al hombre. Observó:
- Las grietas en los
nudillos de los cuatro que no se rindieron.
- Las lágrimas
silenciosas del paralítico, que temía ser rechazado otra vez.
- El resquemor de
los escribas, indignados por la interrupción.
Cuando finalmente el hombre estuvo en el suelo, justo
delante de Jesús, el silencio se hizo palpable. Jesús, que había estado
observando todo esto, no se mostró molesto ni sorprendido. En cambio, vio la fe
de los amigos del paralítico, su determinación de traerlo hasta Él a pesar de
todos los obstáculos. Esta fe fue lo que tocó el corazón de Jesús, porque no se
trataba solo de un deseo por la sanación física, sino de una creencia profunda
en el poder de Cristo.
Entonces, con una autoridad que paralizó el murmullo,
dijo:
— "Hombre, tus pecados te son
perdonados" (Lucas 5:20).
Un escalofrío recorrió la sala. El enfermo sintió
algo más profundo que un alivio físico: un calor limpio que le
inundó el pecho. E hombre no solo sintió alivio físico, sino un alivio
espiritual, como si una carga mucho mayor que su parálisis se levantara de su
alma. Sin embargo, no todos estaban contentos con esto, los fariseos
intercambiaron miradas de horror:
— "¿Quién puede perdonar pecados sino sólo
Dios?" (Lucas 5:21).
Jesús, conociendo sus pensamientos (Lucas
5:22), hizo lo inesperado:
— "¿Qué es más fácil: ¿decir ‘Tus pecados
son perdonados’, o ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del
Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..."
Se inclinó hacia el paralítico, cuyos dedos ya comenzaban
a hormiguear:
— "A ti te digo: Levántate, toma tu lecho y
vete a tu casa" (Lucas 5:24).
Podemos imaginar la reacción del hombre mientras, por
primera vez en años, sintió que sus músculos y huesos recuperaban la fuerza.
Lentamente, empezó a moverse, y luego, con la ayuda de sus manos, se levantó
del suelo. Al principio, tal vez con un poco de temor e incredulidad, pero
luego con gozo, se puso de pie. El asombro en la multitud debió ser palpable.
Los que lo conocían sabían que este hombre no había caminado en años, pero allí
estaba, de pie, completamente restaurado.
El hombre recogió su lecho, tal vez aún sin poder creer
lo que acababa de suceder, y salió caminando entre la multitud. Sus amigos, que
lo observaban desde el techo, seguramente gritaban de alegría y alababan a Dios
por el milagro que acababan de presenciar. La gente alrededor estaba asombrada
y glorificaba a Dios, diciendo: "Hemos visto cosas increíbles hoy".
Autor: JOG
- El Techo: Las casas
galileas tenían techos planos de barro sobre ramas (Marcos
2:4), accesibles por escaleras exteriores. Romperlo implicaba reparaciones
costosas —pero los amigos estaban dispuestos a pagar el precio.
- Los Fariseos: Según
la Mishná (Baba Batra 2:3), dañar propiedad ajena en Shabbat era
pecado grave. Jesús ignoró esta tradición para priorizar la
urgencia de la fe.
- El Perdón Primero:
La conexión entre parálisis y pecado era cultural (Juan
9:2). Cristo sanó el alma antes que el cuerpo.
- Los cuatro hombres representan
a la Iglesia: llevan a los débiles a Cristo cueste lo
que cueste.
- El techo roto simboliza las
barreras que la fe derriba.
- La camilla cargada es el
testimonio: ya no yacemos en nuestra debilidad.
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