El Hombre del Estanque de Bethesda.

 

En Jerusalén se olía a pan de cebada y a incienso. Era un día de Shabbat, y el sol quemaba las piedras blancas del Barrio de Bezetha, cerca de la Puerta de las Ovejas. Allí, bajo cinco pórticos de columnas desgastadas, yacía el Estanque de Bethesda—un lugar de esperanza y desesperación.

Las aguas turbias, alimentadas por un manantial subterráneo, solo se agitaban ocasionalmente. La leyenda decía que un ángel las movía, y el primero en sumergirse quedaba curado. Por eso, junto a los escalones de piedra, se amontonaban paralíticos, ciegos y lisiados—hombres y mujeres cuyos cuerpos olían a ungüentos rancios y sudor antiguo.

Entre ellos estaba, un hombre de 38 años que llevaba decenios postrado en una estera raída. Sus piernas, delgadas como ramas secas, se habían atrofiado después de una caída en su juventud. Su única posesión era un cuenco de madera donde los piadosos a veces dejaban una moneda o un trozo de pan.

Cada mañana, cuatro amigos lo cargaban en hombros hasta el borde del agua. Allí, Elí observaba con envidia cómo otros se arrastraban hacia el estanque cuando las burbujas emergían. «¡Se mueve!» gritaba alguien, y entonces comenzaba el caos: codazos, gritos, cuerpos que se empujaban. Él siempre llegaba tarde.

— «Hoy no desventurado, « —le decía, una viuda que cuidaba de su hermano ciego—. «Mañana quizá el ángel vendrá por ti».

Pero los años pasaban, y la fe se convertía en resignación.

Aquel día, mientras los sacerdotes en el Templo proclamaban la tercera hora de oración, un rumor corrió entre los enfermos:

— «¡El Rabí de Galilea está aquí!».

Jesús, vestido con una túnica sencilla pero impecable, caminaba entre los pórticos. Sus ojos no evitaban la miseria; la buscaban. Cuando vio al hombre, se detuvo. El hombre apartó la mirada—estaba acostumbrado a que los rabinos lo evadieran, pues algunos creían que su condición era castigo por pecados ocultos.

Pero entonces, la voz más suave y firme que había escuchado lo interpeló:

— «¿Quieres ser sano?» 

La pregunta lo desconcertó. «¿Acaso no es obvio?», pensó. Pero Jesús no hablaba de su cuerpo, sino de su alma.

— «Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando se agita el agua» —respondió, con voz quebrada por la autocompasión—. «Mientras yo llego, otro baja antes».

Jesús no miró al agua. Lo miró a él, como si ya lo viera caminando:

— «Levántate, toma tu lecho y anda».

Y entonces, algo nunca sentido recorrió sus piernas: un calor como de fuego limpio. Sus músculos muertos se tensaron. Sin pensar, se incorporó, enrolló la estera que había sido su prisión y dio un paso. Luego otro.

Los enfermos alrededor gritaron. Algunos lloraron. Un fariseo que pasaba por allí para inspeccionar el Shabbat palideció:

— «¡Es sábado! ¡No te es lícito cargar tu lecho!».

Pero el hombre, ebrio de libertad, respondió sin miedo:

— «El que me sanó me dijo: ‘Toma tu lecho y anda’».

Jesús lo halló días después, orando frente al Santuario. Le susurró:

— «Mira, has sido sanado. No peques más, para que no te venga algo peor».

No era una amenaza, sino una advertencia amorosa: la libertad física era un regalo; la espiritual, una elección.

Autor: JOG

  1. El Estanque: Excavaciones arqueológicas confirman su existencia, con cinco pórticos como describe Juan. Las aguas medicinales eran famosas en el siglo I.
  2. La Controversia del Sábado: Cargar una estera era considerado «trabajo» por los fariseos (Jer 17:21-22). Jesús deliberadamente desafió esto para revelar que el Shabbat fue hecho para el hombre.
  3. El Simbolismo: El estanque representaba la ley  (aguas que pocos alcanzaban); Jesús era la gracia que sana sin condiciones.

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