El milagro del barro y la luz.

 


El sol apenas comenzaba a levantarse sobre Jerusalén, tiñendo las murallas de tonos dorados y rosados. El aire de la mañana traía consigo el murmullo de los mercados que despertaban, el sonido de pasos sobre el empedrado y el canto de los vendedores que preparaban sus puestos con frutas, panes y especias. Las calles estaban ya vivas, llenas de gente que iba y venía, cargando ánforas, ovejas o racimos de dátiles.

En una de esas calles, cerca de la entrada del templo, se encontraba un hombre que todos conocían, aunque pocos miraban realmente. Llevaba años sentado en el mismo lugar, envuelto en un manto viejo, cubierto de polvo, con una vasija de barro frente a él para las limosnas. Era ciego de nacimiento. Su rostro, curtido por el sol, mostraba la serenidad de quien ha aceptado su destino, pero sus ojos vacíos —fijos en ninguna parte— reflejaban una vida entera sin haber conocido la luz.

Escuchaba el mundo a través del sonido: los pasos de los niños que corrían, el tintineo de las monedas, las conversaciones de los fariseos, el eco de las risas, y a veces, los murmullos de compasión o de desprecio que se lanzaban sobre él. Era un hombre acostumbrado a las sombras, porque nunca había conocido otra cosa.

Esa mañana, entre el bullicio de la gente, escuchó un murmullo distinto, un grupo que se acercaba. Sus oídos, acostumbrados a percibir lo que otros no notaban, captaron un tono de respeto y expectativa en las voces que hablaban. Era Jesús con sus discípulos.

—Maestro —preguntó uno de ellos, mirando al ciego—, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?

Jesús se detuvo. Observó al hombre, que no podía verlo, pero parecía sentir la presencia de algo distinto, algo lleno de calma. El aire cambió a su alrededor, como si todo se detuviera por un instante.

—Ni él pecó ni sus padres —respondió Jesús, con una voz firme, pero llena de ternura—, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.

El ciego sintió que alguien se acercaba. Un silencio reverente cayó sobre los presentes. Entonces, Jesús se inclinó hacia el suelo. La tierra estaba húmeda por el rocío de la mañana. Con su mano, tomó un poco de polvo y lo mezcló con su saliva, formando una masa suave, tibia. El sonido leve del barro al mezclarse con la tierra se confundía con el murmullo de la gente que observaba, incrédula. Nadie entendía lo que estaba haciendo.

Jesús se agachó frente al hombre. El ciego, sin ver, percibió el movimiento y un leve temblor recorrió su cuerpo. Nadie se había acercado tanto a él con compasión en muchos años.

Con una delicadeza infinita, Jesús aplicó el barro sobre sus ojos, trazando con sus dedos un gesto lento, casi ritual. El barro, fresco sobre la piel seca, dejó una sensación extraña: húmeda, terrosa, pero llena de una calidez inexplicable, como si aquel toque devolviera vida a algo que nunca había despertado.

—Ve —dijo Jesús suavemente—, y lávate en el estanque de Siloé.

El hombre permaneció en silencio unos segundos, tratando de entender. El barro comenzaba a secarse sobre sus párpados, y alguien del grupo lo tomó de la mano para guiarlo. La multitud lo observaba, entre curiosidad y desconcierto. Algunos murmuraban:
—¿Qué hace? ¿Por qué le pone barro?
Otros, más piadosos, susurraban:
—¿Será este el profeta del que todos hablan?

El camino hacia el estanque de Siloé serpenteaba entre callejuelas estrechas y muros de piedra. El ciego caminaba tambaleante, guiado por voces compasivas. El calor del día comenzaba a sentirse, y el murmullo del agua se oía a lo lejos, corriendo por los canales que descendían desde las montañas.

Al llegar al estanque, el hombre se arrodilló junto al borde. El agua reflejaba el cielo azul y las hojas de las palmeras que se mecían suavemente. Introdujo las manos en el agua fría, sintiendo cómo el barro comenzaba a desprenderse. El agua corría por sus mejillas, lavando la mezcla de tierra y saliva que Jesús había puesto sobre sus ojos. Y entonces, sucedió.

Por primera vez en su vida, una ráfaga de luz atravesó su mente. Una sensación punzante, casi dolorosa, como si miles de agujas luminosas atravesaran su oscuridad. Parpadeó con fuerza. Las sombras comenzaron a tomar forma. Primero vio destellos, luego siluetas, luego colores. El azul del cielo, el blanco del agua, el verde de los árboles. Todo era nuevo, deslumbrante, abrumador.

Se llevó las manos a los ojos, temblando, riendo y llorando al mismo tiempo. Los testigos que estaban cerca retrocedieron, asombrados. Algunos gritaron, otros cayeron de rodillas. El hombre que había llegado ciego se levantaba ahora viendo por primera vez el mundo.

Corrió, tropezando, riendo con la voz quebrada, mirando todo lo que antes solo había podido imaginar: los rostros de las personas, los colores de los mantos, el brillo del agua, las piedras del camino. Todo era un milagro. Cada color era un misterio. Cada sombra, una bendición.

Cuando regresó al lugar donde solía sentarse a pedir limosna, la gente no podía creerlo.
—¿No es este el que se sentaba a mendigar? —preguntaban algunos.
—No puede ser —decían otros—, se le parece, pero no es él.
—Soy yo —respondía él con lágrimas en los ojos—, ¡soy yo!

Y cuando le preguntaban cómo había sucedido, solo repetía con emoción en la voz:
—Un hombre llamado Jesús hizo barro, lo puso en mis ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Fui, me lavé… ¡y ahora veo!

Y con esas simples palabras, el milagro se extendió por toda Jerusalén como un fuego que nadie podía apagar.
Un hombre que había nacido en la oscuridad ahora caminaba en la luz —no solo la del mundo visible, sino la de aquel que es la Luz del Mundo.

Autor: JOG

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