La resurrección de Lázaro.

 

Era un día sombrío en Betania. Las nubes cubrían el cielo, y un aire denso de tristeza impregnaba el ambiente. Betania, un pequeño pueblo no muy lejos de Jerusalén, era el hogar de tres personas muy queridas por Jesús: María, Marta y su hermano Lázaro. Eran una familia cercana a Él, personas a las que Jesús amaba profundamente.

Lázaro había enfermado gravemente días atrás. No era una simple fiebre o un resfriado; su enfermedad lo consumía rápidamente. Su hermana Marta, siempre práctica y dispuesta a actuar, había mandado un mensaje urgente a Jesús, sabiendo que solo Él podía salvar a su hermano. "Señor, he aquí el que amas está enfermo", era el mensaje que le enviaron. Seguramente Marta y María, cada una con su propio estilo, se ocupaban de cuidar a Lázaro, una atendiendo sus necesidades físicas, la otra rezando con fervor, esperando que Jesús llegara a tiempo.

Sin embargo, a pesar de la gravedad de la situación, Jesús no llegó. Los días pasaban y la condición de Lázaro empeoraba. Marta, con el corazón angustiado, se asomaba por la puerta de la casa constantemente, esperando ver a Jesús en el camino, pero no había señales de Él. María, más reservada, probablemente pasaba sus días en oración, con lágrimas corriendo por sus mejillas, rogando por un milagro.

Finalmente, Lázaro sucumbió a su enfermedad. El dolor que cayó sobre la casa de Marta y María fue indescriptible. Lázaro no solo era su hermano, era su protector, su sustento. Las dos hermanas, ahora solas, quedaron desamparadas en un mundo donde ser mujer sin la protección de un hombre las ponía en una situación vulnerable. El luto no era solo por la pérdida de un ser querido, sino también por el miedo al futuro incierto.

Imaginemos el dolor de aquellas dos mujeres. Marta, siendo la hermana mayor, probablemente se sintió responsable de mantener todo en orden durante el funeral, organizando a los dolientes y recibiendo a los vecinos que llegaban para consolar. Pero en su interior, su corazón estaba destrozado. María, en cambio, quizás más retraída, se refugiaba en la soledad, dejando que las lágrimas hablasen por ella. Ambas esperaban que Jesús hubiera llegado antes, que su amigo, su Maestro, hubiera podido sanar a Lázaro. Pero ahora, todo parecía perdido.

Lázaro fue envuelto en telas y colocado en una tumba, una cueva sellada con una gran piedra, como era costumbre en esa época. El duelo duraba varios días, y amigos, familiares y vecinos venían a acompañar a las hermanas en su dolor. Los lamentos y las oraciones llenaban el aire, pero el silencio de la ausencia de Jesús pesaba más que cualquier palabra.

Al cuarto día, cuando la esperanza ya había desaparecido por completo, alguien corrió hacia la casa de Marta y María con una noticia inesperada: Jesús estaba en camino. Imaginemos las emociones que esto pudo haber despertado en ellas. Marta, que siempre había sido más decidida y práctica, no pudo esperar más. Se levantó rápidamente y salió al encuentro de Jesús antes de que llegara al pueblo. Su corazón estaba lleno de emociones encontradas: tristeza, amor por su Maestro, pero también una sombra de reproche. Cuando lo vio, las palabras que habían estado acumulándose en su corazón salieron a borbotones: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".

Jesús, con el rostro sereno pero con una profunda tristeza en sus ojos, la miró con compasión. Sabía el dolor que sentía Marta, pero también sabía lo que estaba a punto de hacer. "Tu hermano resucitará", le dijo, pero Marta, no comprendiendo del todo, respondió: "Sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero". Aún no entendía el poder que estaba frente a ella.

Con suavidad y firmeza, Jesús declaró una de las verdades más poderosas del evangelio: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá". Estas palabras no solo eran una promesa para Marta en ese momento, sino una declaración de lo que estaba por venir.

Marta corrió a llamar a su hermana María, que seguía en la casa, rodeada de los dolientes. Cuando María escuchó que Jesús la llamaba, se levantó apresuradamente y corrió hacia Él. Su dolor era profundo, y al ver a Jesús, cayó a sus pies, llorando. "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto", repitió con un lamento que resonaba en la tierra misma. Los amigos y vecinos que la acompañaban también lloraban, conmovidos por el dolor de la escena.

Jesús, viendo las lágrimas de María y de los que la rodeaban, sintió una emoción profunda. Imaginemos a Jesús, el Hijo de Dios, lleno de compasión y amor, conmovido no solo por la muerte de su amigo, sino por el dolor de aquellos a quienes amaba. En ese momento, las Escrituras dicen que "Jesús lloró". Fue un llanto sincero, no solo por la pérdida, sino por la humanidad y el sufrimiento que el pecado y la muerte habían traído al mundo.

Después de un momento de silencio, Jesús pidió ser llevado a la tumba de Lázaro. La multitud lo siguió, algunos con esperanza, otros con dudas, y otros simplemente para ver lo que sucedería. Al llegar a la tumba, una cueva con una gran piedra sellando la entrada, Jesús pidió que movieran la piedra.

Imaginemos la reacción de la gente. Marta, con su corazón dividido entre la fe y la lógica, advirtió: "Señor, ya hiede, porque hace cuatro días que murió". Era imposible para ella, en su dolor y humanidad, imaginar que algo más pudiera suceder.

Jesús la miró, y con una firmeza tranquila, le recordó: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?" Con esas palabras, la piedra fue removida. El aire que salió de la cueva estaba denso y cargado con el olor de la muerte, pero Jesús no se inmutó. Elevó los ojos al cielo y oró: "Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado".

Luego, con una voz que resonó como un trueno, Jesús gritó: "¡Lázaro, ven fuera!" Imaginemos el silencio absoluto que cayó sobre la multitud en ese momento. Todos contenían la respiración, esperando lo imposible. Y de pronto, desde la oscuridad de la tumba, se escuchó un sonido. Los murmullos de asombro comenzaron a crecer, y entonces, ante los ojos atónitos de todos, apareció Lázaro, envuelto en las vendas funerarias, caminando hacia la luz.

El asombro debió ser indescriptible. La gente gritaba, lloraba, se caían de rodillas en adoración. Marta y María, con los corazones desbordados de emoción, corrieron hacia su hermano. Lázaro, que había estado muerto, ahora estaba vivo de nuevo, restaurado por el poder de Jesús.

Jesús, calmado en medio de la conmoción, dio una última instrucción: "Desatadle y dejadle ir". Con esas palabras, el milagro estaba completo.

La resurrección de Lázaro no fue solo un acto de poder, sino una demostración profunda del amor de Jesús por sus amigos, y una señal de lo que estaba por venir: la victoria definitiva sobre la muerte. En ese momento, aquellos que estaban presentes no solo vieron un milagro, sino que también fueron testigos de la promesa de vida eterna que Jesús ofrece a todos los que creen en Él.

Autor: JOG

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