Entradas

El hombre con espíritus malignos.

Imagen
La mañana era oscura, con una atmósfera cargada por la humedad que flotaba en el aire. Después de la impresionante calma de la tempestad en la que Jesús había mostrado su dominio sobre la naturaleza, los discípulos, aún asombrados por lo ocurrido, remaban hacia la costa oriental del mar de Galilea, una región que pocos de ellos conocían. Al llegar a la orilla, el terreno parecía árido, inhóspito, con montañas escarpadas y cavernas que se alzaban en la distancia, lugares que albergaban tumbas y sepulcros antiguos. Esta zona, la región de los gadarenos, era conocida por ser un territorio gentil, donde los judíos rara vez se aventuraban. El paisaje era extraño y desolado. El suave sonido de las olas rompiendo contra las rocas y el chillido ocasional de las aves carroñeras eran lo único que perturbaba la inquietante quietud. Los discípulos, mientras sacaban la barca a la orilla, comenzaron a sentir una opresión en el aire, algo invisible, pero palpable, como si el ambiente mismo estuviera...

El milagro del barro y la luz.

Imagen
  El sol apenas comenzaba a levantarse sobre Jerusalén, tiñendo las murallas de tonos dorados y rosados. El aire de la mañana traía consigo el murmullo de los mercados que despertaban, el sonido de pasos sobre el empedrado y el canto de los vendedores que preparaban sus puestos con frutas, panes y especias. Las calles estaban ya vivas, llenas de gente que iba y venía, cargando ánforas, ovejas o racimos de dátiles. En una de esas calles, cerca de la entrada del templo, se encontraba un hombre que todos conocían, aunque pocos miraban realmente. Llevaba años sentado en el mismo lugar, envuelto en un manto viejo, cubierto de polvo, con una vasija de barro frente a él para las limosnas. Era ciego de nacimiento. Su rostro, curtido por el sol, mostraba la serenidad de quien ha aceptado su destino, pero sus ojos vacíos —fijos en ninguna parte— reflejaban una vida entera sin haber conocido la luz. Escuchaba el mundo a través del sonido: los pasos de los niños que corrían, el tintineo de l...

El Ciego Bartimeo.

Imagen
  Es un día caluroso y polvoriento en Jericó, una de las ciudades más antiguas y concurridas de la región. Las calles están llenas de actividad: comerciantes, viajeros y peregrinos se mueven de un lado a otro. El sol de la tarde es abrasador, y el ruido de la multitud resuena en todos los rincones. Cerca de las puertas de la ciudad, hay un hombre sentado al borde del camino. Su nombre es Bartimeo, y es ciego. Bartimeo había estado ciego por muchos años, tal vez desde su juventud o incluso desde su nacimiento. Su vida era una lucha constante. En una sociedad que no ofrecía muchas oportunidades para los discapacitados, Bartimeo había tenido que aprender a sobrevivir mendigando. Cada día, se sentaba en el mismo lugar, extendiendo la mano y esperando que los transeúntes tuvieran compasión y le dieran unas pocas monedas. Los pies de los viajeros levantaban polvo en el aire, el cual a menudo se pegaba a su piel, y el calor del día lo agobiaba. Imaginemos a Bartimeo, vestido con ropas des...

Cuatro hombres llevan un paralítico a Jesús.

Imagen
Capernaúm olía a pescado seco y humedad del lago. Era un día caluroso, y el polvo se pegaba a las túnicas de la multitud que se apiñaba en la casa de piedra donde Jesús enseñaba. Fariseos y doctores de la Ley, venidos de  todas las aldeas de Galilea , ocupaban los mejores asientos. Sus rostros estaban tensos: habían oído de los milagros en Caná y ahora vigilaban cada palabra del Rabí. Afuera, un paralítico había estado así durante muchos años, incapaz de caminar, postrado en una cama rudimentaria. Tal vez era joven cuando ocurrió el accidente o la enfermedad que lo dejó paralítico, o quizás nació con esa condición. En cualquier caso, su vida había sido una lucha constante. No podía moverse ni trabajar, dependiendo por completo de otras personas para sus necesidades básicas. Cada día, veía cómo los demás seguían adelante con sus vidas, mientras él permanecía atrapado en su propio cuerpo. Lo que el hombre sí tenía, sin embargo, eran amigos leales, cuatro hombres —cuyos nombres el...

El Hombre del Estanque de Bethesda.

Imagen
  En Jerusalén se olía a pan de cebada y a incienso. Era un día de  Shabbat , y el sol quemaba las piedras blancas del  Barrio de Bezetha , cerca de la  Puerta de las Ovejas . Allí, bajo cinco pórticos de columnas desgastadas, yacía el  Estanque de Bethesda —un lugar de esperanza y desesperación. Las aguas turbias, alimentadas por un manantial subterráneo, solo se agitaban  ocasionalmente . La leyenda decía que un ángel las movía, y el primero en sumergirse quedaba curado. Por eso, junto a los escalones de piedra, se amontonaban  paralíticos, ciegos y lisiados —hombres y mujeres cuyos cuerpos olían a ungüentos rancios y sudor antiguo. Entre ellos estaba, un hombre de 38 años que llevaba  decenios  postrado en una estera raída. Sus piernas, delgadas como ramas secas, se habían atrofiado después de una caída en su juventud. Su única posesión era un cuenco de madera donde los piadosos a veces dejaban una moneda o un trozo de pan. Cada mañana, cu...

La mujer adultera.

Imagen
  Jerusalén exhalaba el aroma de las últimas hogueras de la  Fiesta de los Tabernáculos , mezclado con el olor a pan ázimo y hierbas amargas que aún persistía en las callejuelas. En una casa humilde del barrio del Ofel, cuyos muros de piedra caliza se apiñaban contra el muro sur del Templo como si buscaran protección, una mujer —cuyo nombre las Escrituras ocultan por misericordia, pero cuyo rostro Dios no olvidaría— se revolvía en su lecho de lana áspera. Su esposo, un tejedor de modestos recursos, había partido días atrás hacia Decápolis para vender sus telas teñidas de púrpura, dejando el hogar sumido en un silencio que ahora pesaba como losa. El barrio era un lugar de miradas estrechas y murmuraciones rápidas. Las viviendas, agrupadas como rebaño bajo el calor, permitían que los sonidos de una casa se filtraran a otra: risas, discusiones, llantos. Todos lo sabían. Todos callaban. Todos juzgaban. Un golpe en la puerta, tan suave que casi se confundió con el roce de las hojas...